Es paradójico que la esencia de la
democracia sea la fragmentación del poder -los chequeos y balances- y que su
excesiva dispersión impida gobernar.
Esa dificultad invita al autoritarismo, a
pesar de que en el mundo de hoy existen muchos más sistemas políticos
democráticos que autocráticos, lo que tampoco ocurría en el pasado. Aparecen,
entonces, los Chávez o los Kirchner, que quieren amasar y retener para sí,
indefinidamente, todo el poder. Ganar una elección popular por mayoría absoluta no garantiza, como lo
escribe Naím (en su ultimo libro The end of power), "la habilidad para tomar decisiones, por la existencia de
numerosos 'micropoderes' que pueden vetar, retrasar o debilitar esas decisiones".
Ya no existen unos pocos partidos políticos
fuertes sino muchos pequeños con agendas limitadas y "electorados de
nicho", lo que obliga a armar coaliciones, también frágiles. Son más frecuentes, por tanto, las
oportunidades que tienen las gentes para votar, en los distintos niveles de la
administración pública. Los "mandatos" del pasado ya no se dan en la
práctica. La política dejó de ser el arte del compromiso y se "volvió una
actividad frustrante, que a veces parece el arte de la nada".
