martes, 5 de febrero de 2013

Los planes de infraestructura vial en las ciudades, no deben estar dominados por la racionalidad "sexy"


En una reciente visita a algunas ciudades de la Costa Atlántica, hemos observado la puesta en marcha, de iniciativas de sistemas integrado de transporte Masivo (proyectos como SIVA, Montería, Sincelejo, transmetro y transcaribe). Al respecto, queremos compartir una mirada más desde el acento de desarrollo urbano y de racionalidad pública; que el impacto socio-económica que estos puedan generar. (Esta mirada se hace partiendo de los preceptos teóricos desarrollados por Germán Correa Díaz, profesor de la Universidad de Berkley)

Los servicios de transporte público operan de manera sistémica, así como lo hace todo aquello que se mueve en la ciudad. Toda intervención que se haga respecto a uno de los modos que la gente usa para movilizarse afecta inevitablemente al resto.

Por ejemplo desde que en Bogotá entró en operaciones un Sistema de Transporte Público, como es el Transmilenio, pasó la hora de seguir haciendo inversiones en proyectos aislados relativos a la movilidad urbana. Esto lo hemos evidenciado en estas ciudades, ya que al observar los planes de infraestructura para la movilidad, contenidos en los planes de desarrollo; se observa una desconexión de las distintas obras con las proyecciones o con las troncales. Por lo tanto, consideramos que es hora más bien de racionalizar sistémicamente dichas inversiones y evaluarlas en consecuencia.

Los grandes proyectos de transporte urbano deben dejar de ser la idea emblemática de algún gobernante. En cambio, deben pasar a ser evaluados y decididos desde una visión sistémica y organizada sobre el territorio, el desarrollo urbano y la movilidad, estableciendo mejor el óptimo social de las inversiones públicas y privadas. De esta manera se servirá mejor al interés común de los habitantes de la ciudad.

Transmilenio ha arrojado una infinidad de lecciones sobre los más diversos aspectos que dicen relación con una política pública. Una, poco destacada, es la de entender la indisoluble relación sistémica entre ciudad y transporte, a la vez que entender que cada uno de estos componentes es un sistema en sí mismo. Sin embargo, aunque parece temerario y que requiere de mayor profundización; se evidencia una fuerte tendencia a obviar tales lecciones. Algunos consideran que tienen consideraciones poblacionales, culturales y climáticas, sin embargo en materia de estructuración urbana existen elementos a semejables.

Dentro del sistema de transporte urbano, los servicios de transporte público también operan de manera sistémica, por lo tanto, lo que se haga respecto a uno de los modos que la gente usa para movilizarse afecta inevitablemente al resto. Cualquier intervención mediante una política pública sobre estas realidades sistémicas superpuestas y en interacción será, por lo tanto, siempre algo complejo, aun cuando parezca simple y circunscrito, pues de todos modos tendrá un efecto sobre el conjunto.

Por ello, se requiere siempre una mirada cuidadosa respecto a las dinámicas sistémicas que se afectarán con una determinada intervención, a fin de no producir efectos laterales no deseados. Por lo tanto, hasta la más ortodoxa de las expresiones de la ideología liberal debe reconocer que la relación armónica y socialmente óptima entre tales términos requiere de algún papel “planificador central”, es decir, del Estado, que en su rol de velar por el bien común tiene la obligación de sopesar dónde mejor se realizan esas intervenciones, lo que es especialmente cierto respecto de dónde se invierten los recursos públicos, qué se incentiva o desincentiva.

Es comprensible que a la gente en general le guste más un sistema más que otro, le guste el carro particular, sin embargo lo que no se puede dejar a la racionalidad individual, son los planes de infraestructura relacionada con la movilidad, máxime cuando en estos centros urbanos existen los sistemas integrados.

No en vano algunos autores lo han definido como una suerte de racionalidad “sexy” o como un tipo de proyecto que políticamente más vistoso y, por lo tanto, preferido por los gobernantes. Obviamente, a todos nos gustaría movernos en un auto Mercedes Benz o en un Porsche, en vez de hacerlo en un pequeño vehículo utilitario. Pero la racionalidad de hacerlo en uno u otro estará dada no por el gusto, sino por la relación entre el costo de uno y otro de estos medios y el poder adquisitivo de quien los usa.

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